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August 4th, 2016 by Patricio

El mapa del flujo de personas que abandonan su lugar de origen para irse a buscar uno mejor, lejos de una tierra natal que no les puede dar más, muestra movimientos en todas las direcciones. Los más publicitados han sido los del Mediterráneo, tumba de una docena de personas por día, cerca ya de completar treinta mil muertos en los últimos quince años. Van en busca de bienestar a través de ese mar que los europeos cruzaron muchas veces impunemente cuando se apoderaron de tanta riqueza ajena y armaron su orgía de desarrollo en gran medida a costa de los demás. Buscan las oportunidades y el sueño que una vez los mismos poderes coloniales les mostraron como deseables.

La isla de Lampedusa, cuyo nombre recuerda la admonición de que hay que cambiarlo todo para que todo siga igual, se desactivó como destino turístico cuando se convirtió en el punto de entrada de los sobrevivientes del intento de miles de africanos por llegar a territorio europeo. En ese preciso punto de encuentro los nórdicos, que buscan unos días de sol, no quieren saber de la presencia, ni de la existencia, de esa gente que viene de los calores de África, así se trate de aspirantes a llegar al norte a hacer oficios secundarios o “degradantes” allí donde escasea la población o nadie se quiere rebajar.

A raíz de la crisis de Siria, así como del abatimiento de Iraq y de Afganistán, la isla de Kos, en otra época un apacible lugar del Dodecaneso, un grupo particular de doce islas en el Egeo, se ha convertido en el sitio más discreto y suave de desembarco de inmigrantes ilegales en el continente europeo, después de los escándalos de naufragios en otros lugares del Mediterráneo. Mujeres maltratadas, hombres arruinados, ancianos y niños indefensos, llegan revueltos en las madrugadas a una playa discreta luego de pagar entre quinientos y mil euros por persona por cruzar los cinco kilómetros que separan la costa griega del puerto turco de Bodrum, cuando el tiquete del transbordador autorizado que une los dos lugares vale apenas veinte. De paso, ahi está la muestra de la “rentabilidad del servicio”.

Algo parecido sucede cada día en la frontera que une y separa a los Estados Unidos del resto de las Américas, en las líneas divisorias del oriente de la Unión Europea, entre Rusia, Ucrania y todos los países de la antigua Unión Soviética, entre Guatemala y México, Burkina Faso y Costa de Marfil, Turquía y todos sus vecinos, India y Bangladesh, Arabia Saudí, Egipto y Pakistán, Australia y unos cuantos países que tienen costas a miles de kilómetros pero cuyos habitantes se sienten atraídos por el mismo sueño de los fundadores británicos de la nueva realidad. Y hasta en Colombia, donde existe la tendencia a no preocuparse por ninguna noticia y a creer que todo lo malo está fuera de nuestro alcance, la selva del Darién, que ningún Estado ha sido capaz de dominar, es un coladero de inmigrantes en busca del sueño americano.

El problema de fondo es que vivimos la transición de un desorden relativamente controlado a uno cada día más difícil de controlar, y que el mundo se ha hecho cada vez más desigual. Y eso nos parece tan normal que nos hemos acostumbrado a la reiteración desalmada de muchas “lampedusas”.

Un taxista de Atenas parece hacer una radiografía de la sociedad mundial entera cuando dice que su país está atrapado entre la invasión de los inmigrantes muertos de hambre, de paso hacia los países ricos, y los artificios incomprensibles de los banqueros, que son insaciables. Es decir los polos de una nueva bipolaridad, esta vez entre miseria y opulencia.

Los pactos que impulsan los gobiernos, al menos en el Mediterráneo, se orientan a reducir las cuotas de migrantes, o a frenar por la fuerza los viajes ilegales de personas en busca de nueva fortuna en el continente. La misma idea se concibe en los demás frentes de migración ilegal. Tarde piace! Ya no es hora de atajar sino de anticiparse y tomarse en serio la tarea de prever. Nadie dejaría su tierra si pudiese vivir en ella con dignidad. Nadie arriesgaría la vida por ir a vivir en otra parte apenas un poquito mejor.

El problema de las migraciones contemporáneas, representado en esa nación flotante de varios cientos de millones de personas descarriadas, según indico un conteo de personas, es lo que el taxista griego muestra con simpleza y profundidad. Todos los países, principalmente los que en últimas son receptores, que son a la vez los más ricos, deben actuar a tiempo. Y deben hacerlo sin indolencia y en consenso para ayudar a orientar la transición hacia un orden nuevo, más justo y más humano. Si no usan la imaginación para buscar que el bienestar en el respectivo país de origen sea el que frene las migraciones ilegales, una vez más le estarán dando la razón a Don Giuseppe Tomasi di Lampedusa cuando en su obra inmortal, El Gatopardo, sintetizó la ineptitud de gobiernos y gobiernos cuando demuestran que los cambios que se les ocurren a los políticos apenas sirven para que todo siga igual.

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